No sabría explicar muy bien cómo he logrado sobrevivir, pero he pasado los últimos cuatro años en medio del mar. Así es. A ratos nadando con determinación y a ratos dejándome llevar por la marea. Por momentos buceando bien profundo y en ocasiones flotando a la deriva mientras miraba al cielo. Algunas veces, las más, rodeado de tiburones que acechaban tranquilamente; otras, las menos, sujeto a delfines que me guiaban de camino a la costa. Durante el viaje me he enfrentado al agua turbia y he soportado las corrientes de agua fría; me he encontrado con peces globo, de esos que se hinchan sobremanera —pero que en realidad están vacíos por dentro—, y con medusas que intentan pasar desapercibidas —y cuyo único propósito es picar.

Sea como fuere, ahora estoy solo, a mi merced. Y acabo de llegar a tierra firme. La arena es negra y un mar de plantas baña el paisaje. A lo lejos una gran pared, telón de acero salpicado de verde, contempla mi llegada desde las alturas. Creo que estoy en la isla de San Borondón. Por fin la he encontrado, ¡la octava isla canaria! Después de pasar toda la infancia escuchando historias acerca de ella, parece que mis paisanos no andaban desencaminados cuando daban por cierta la leyenda de aquel monje irlandés, San Brandan de Clonfert, que dio nombre a la isla tras descubrirla en una misión evangelizadora por el Atlántico durante el siglo VI.

Pero… ¿qué me pasa? Me siento mareado… aturdido… Se me cierran los ojos…

Aquí comienza mi aventura, ¡bienvenido y disfruta del sol! 😀

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