Las semanas siguientes fueron muy extenuantes. El volumen de trabajo que me habían asignado era mayor de lo que creí en un principio, así que no paraba de traducir como un jabato para sentirme más aliviado. Pasaba los días de la cama al ordenador y solo paraba para comer y para ir al baño. Y luego a la cama otra vez. Ya no coincidía con el resto de traductores, así que me sentía algo solo. Quizás fue por eso que me acerqué aquella noche a Jordi Balcells Antón, cuando crucé el pasillo y lo vi sentado a lo lejos, en medio de las rocas y mirando el baño de estrellas:

-¿Va todo bien?

-¿Qué? —respondió, sobresaltado—. Sí, claro… claro… Ehm, ¿cómo te va a ti? ¿Te estás adaptando? —añadió al tiempo que me hacía hueco junto a él.

-Sí, la verdad es que es fácil —contesté mientras me sentaba—. Todo el mundo me trata con mucho cariño. Me siento genial, como en casa.

-Ya veo. Como en casa… —se hizo un largo silencio— ¿Y no echas de menos a tu familia?

-Por supuesto. Me acuerdo de ellos cada día. Pero supongo que me he acostumbrado a que estemos separados…

-¿Acostumbrado?

-Así es. Ya yo había vivido antes sin mi familia, hace tan solo un año

 

Irse de Erasmus es, sin lugar a dudas, una de las mejores experiencias que uno pueda tener en la vida. El pasado 31 de julio se cumplió un año desde que regresara de Köln —o Colonia, como prefieran—, mi segundo hogar y la cuarta ciudad más grande de Alemania. Es irremediable que me haya entrado la nostalgia, ya que estos días acoge la Gamescom, la mayor feria de videojuegos de Europa. Así que he resuelto hablarles acerca de mi experiencia allí y de lo sumamente duro que ha sido el proceso de readaptación a la vida normal.

La Catedral de Colonia, símbolo de la ciudad, al atardecer.

 

La batalla más cruenta: encontrar un alojamiento digno

Mi billete de ida tenía fecha de 12 de septiembre de 2009 y mi destino estaba claro: una residencia de ensueño en el maravilloso barrio de Junkersdorf. Mentira cochina. La imagen que mostraba la página web no tenía ABSOLUTAMENTE nada que ver con la realidad: se trataba de una residencia de mala muerte emplazada en un bosque que estaba a veinte minutos —¡en metro!— del centro de la ciudad y a unos cuarenta de la facultad, con transbordo incluido… Sin embargo, eso no era todo: la entrada del edificio despedía un extraño hedor, la recepción llevaba en obras unos añitos —y no parecía avanzar— y no había ni una sola persona al mando dentro del recinto; así que si alguien tenía algún problema, debía ir a la administración central que, por supuesto, también estaba a años luz de distancia. La peor parte vino cuando llegué a la habitación que me habían asignado: me dio la bienvenida una papelera de plástico que, supongo, quemó el anterior inquilino. El plástico se había derretido hasta tal punto que se había fundido con el suelo, así que le tuve que dar unas cuantas patadas para poder despegarla… Aparte de eso, había dos docenas de botellas de vino —sin Pfand, para colmo— amontonadas a un lado, y a la suciedad de la cocina y el baño —que superaba claramente la línea de lo insalubre—  se unía el raro olor a cera de depilar que despedía la moqueta de mi habitación. Yo siempre creí que provenía de la mancha enorme que había en el centro de la moqueta. Por un momento dudé de si se trataba de una salón de peluquería porque había pelos por doquier y restos de basura y desperdicios por todas partes. La chica que me mostraba el edificio era rusa y chapurreaba algo de alemán, pero nada más. Y claro, yo llegué con mi nivel de alemán de segundo de carrera y no podía defenderme lo suficiente. Le expliqué como pude que aquello era una vergüenza y lo único que pude entender de su respuesta es que ella allí ni cortaba ni pinchaba, sino que era una mandada. En cualquier caso, necesitaba un techo donde pasar dos noches, ya que era sábado y la administración de la residencia no abría hasta el lunes —¡bien, qué suertudo!—; por tanto, acepté las llaves con una sonrisa forzada, me despedí de ella y pensé: «Acabas de invertir 265€ de manera inteligente: ¡malvenido a Alemania, el país donde todo es perfecto!» Saqué mi saco de dormir, me duché a duras penas en el lavamanos del baño y cuando me acosté —con cuidado para no rozarme con nada— pensé que, por fin, había conseguido una de las cosas que más había ansiado y que, después de todo, era feliz.

Esta es la reacción de la gente cuando entra en la residencia de Junkersdorf.

 

Al día siguiente me levanté temprano para llevar a cabo mi plan: irme pitando de allí en cuanto pudiera. Además de la mala impresión que me había dado el complejo, yo tenía claro desde antes que quería vivir en un piso. Y así fue: tras pasar la segunda quincena de septiembre y la primera de octubre en casas ajenas, durmiendo en el suelo y malviviendo, conseguí mudarme a un piso que estaba a diez minutos del centro a pie y a uno de la facultad. Todo un logro. Fue un mes agotador: buscar piso en esta ciudad sin saber demasiado alemán se torna en una misión casi imposible. Dediqué un mes entero, sin pausa —de verdad—, a buscar piso a toda costa: en periódicos, en los tablones de la facultad, por la ciudad, en internet, preguntándole a la gente, etc. Al principio aluciné un poco —bastante— con los llamados castings. Me parece un buen método, pero algo excesivo. Aquello parecía una especie de Gran Hermano: la gente llegaba, emperifollada a más no poder y desplegaba toda su verborrea en una perfecta presentación en alemán que deslumbraba a todos y cada uno de los compañeros de habitación… lo intenté en muchas ocasiones, pero mi precario alemán, el lado malo del prejuicio hacia el español —juerguista alborotador Erasmus busca casa para destrozarla a base de fiestas— y mis pocas ganas de agasajar al personal provocaron que me rechazaran siempre. Incluso había candidatos que llevaban presentes a los inquilinos. Qué peloteo. Yo no iba a pasar por eso. No, no, no.

Durante mi mes de Obdachlos no tuve tendedero, así que tuve que improvisar…

 

El día 12 de octubre vi un anuncio en el periódico sobre el alquiler de un piso por la friolera de —¡ATENCIÓN!—, 670€ al mes… Al principio —los primeros treinta segundos—, me mostré un tanto reticente, pero enseguida llamé al propietario para quedar con él y que me diera más datos. Finalmente, viví ahí hasta el 29 de julio, mi última semana en Köln. El piso era increíble, lo había construido el propio dueño —un chaval de 22 años que había vivido en Estados Unidos y sabía perfectamente lo difícil que era empezar de cero sin conocer bien el idioma—. Era uno de estos cuchitriles maravillosos, muy amplios y con un toque estudiantil, a los que uno le coge un cariño tremendo —supongo que algo así como la cabaña del árbol de Punky Brewster, que a todos nos molaba a pesar del excéntrico colorido—. Algunos pensarán que se me fue la pinza pero, como ya dije antes, el piso no podía estar en una zona mejor, incluía los gastos, internet y había lavadora, el barrio era perfecto, tenía el supermercado al lado y sobre todo, servidor estaba muy desesperado porque me veía volviendo a casa con la cabeza gacha y la moral por los suelos. En frío uno puede pensar que fue un derroche de dinero, pero la beca de excelencia me daba para cubrir eso y más, y al fin y al cabo era un año muy importante, así que no me arrepiento de haber invertido tanto dinero en un alquiler porque pronto mi casa se convertiría en el punto de reunión para cenas, botellones y fiestas, para ver películas, conocer más a la gente y para… en fin, para muchos de esos detalles que conforman un buen año Erasmus. 😀

 

El embrujo de Köln

La belleza abrumadora de la ciudad no se puede entender leyendo esta entrada, ni tan siquiera visitando la ciudad por unos días: para captarla es necesario vivir en ella, porque poco a poco te atrapa y al final se fusiona contigo. Además de la apoteósica catedral —en donde, se dice, yacen los cuerpos de los tres Reyes Magos de Oriente—, la oferta cultural es un sueño: durante mi estancia allí tuve la oportunidad de visitar el despliegue de Van Gogh, de la piratería corsaria, de los egipcios, de la historia de la mítica agua perfumada 4711 —toda una delicia para mí, teniendo en cuenta que mi padre es coleccionista de miniaturas de perfumes y que el libro de Patrick Süskind me ha dejado una huella profunda—, de la historia alemana, de la historia del carnaval, etcétera. Disfruté del buen cine alemán, del impresionante museo japonés y de las decenas de exposiciones itinerantes sobre fotografía, de las delicias del museo del chocolate, de la variedad de especies animales que alberga el zoológico y del derroche de amor en el puente de los candados.

Disfrutando de mi soltería de oro mientras las parejas me miraban con envidia.

 

Aunque el objeto de esta entrada no es elaborar una guía turística a lo Lonely Planet, sí que me voy a detener a explicarles dos detalles culturales que me dejaron anonadado:

  • Ja, ich kenne Spanien: ich war in Mallorca. Frase típica alemana. El 99,9% de los alemanes que conocí había veraneado alguna vez en Mallorca. Eso sí, no me esperaba que tuvieran el concepto tan arraigado hasta que vi esto:

 Los alemanes veranean en Mallorca, y algunos incluso utilizan el término para referirse a España.

 

  • ¿Qué diantres significa esa fórmula matemática? Al poco tiempo de estar en Colonia, no tardé en ver inscripciones como la de abajo por todas partes. Las pintaban siempre junto a las puertas de las casas y, como uno es muy curioso y no se me ocurría ninguna explicación razonable —me dio por pensar que era una especie de tributo a Einstein o un código para vender droga—, decidí sacar unas fotos a ver qué me decía mi querido buscador. Al final, entendí que se trata de una costumbre religiosa vigente en Alemania y Austria —no sé si en más lugares—, para celebrar el día de Reyes. Supuestamente, las cifras representan el año en el que nos encontramos —detalle que no me encaja, porque esta familia lleva algo de retraso, la foto es de 2010—, las letras tienen un doble significado: por una parte, responden a Christus Mansionem Benedicat, es decir, ‘Que Dios bendiga esta casa’; y por otra, evoca los nombres en latín de Caspar, Melchior et Baltassar. Se pintan con tizas previamente bendecidas y son todo un símbolo del Catolicismo.

¿Creían que solo los chinos tienen un calendario diferente? Pues no, esta familia también se ha rebelado.

 

Los alemanes: una sociedad ejemplar

Son muchos los que se atreven a afirmar que los alemanes son unos cabeza cuadrada, que son serios y antipáticos pero, por lo menos en Köln, no es así. Ellos mismos dicen que, al tratarse de una ciudad tan despierta, la gente no es como en el resto del país: muchos de los ciudadanos vienen de otros puntos de Alemania, los verdaderos colonienses —esos que han nacido y se han criado allí— son minoría, así que la gente viene sola y suele abrirse más a conocer al resto. Algo que está claro es que, una vez que un alemán te abre su corazón, te dará el cielo y la tierra. Van con pies de plomo, pero las relaciones las crean sobre cimientos bien sólidos. Y así es como debe ser. Eso sí, es importante tener cuidado porque muchos alemanes saben español y más en una ciudad en donde hay Facultad de Traducción e Interpretación. No fueron pocas las veces en las que me vi en un aprieto por hablar con algún paisano sin tener en cuenta que podían entendernos…

En cuanto a la fiesta, ser español es todo un lujo. Los alemanes de por sí no son de mucho bailar, allí les encanta la Lucha Amada —una especie de baile que consiste en empujarse—, y poco más. Así que mientras los españoles desplegamos nuestro salero con la confianza de que estamos en un lugar donde nadie nos conoce, los alemanes se limitan a agarrar fuertemente su copa, pegarse a la pared y observar, así que ligamos fijo. Es todo un paraíso sexual, así que en vez de ir a Tailandia a por prostitutas, esta clase de turistas deeberían ir a sacar el país adelante y, si quieren sexo, deberían ir a las discotecas alemanas, en donde se retoza por placer y no por necesidad y no se denigra a nadie. 😉

 

Volver a casa por Navidad

La nieve llegó sin avisar, en un derroche de esplendor y belleza. Los mercadillos alemanes son harto conocidos por su originalidad, por el calor que transmite la gente —y el Glühwein—, y por cuidar hasta el más mínimo detalle. En 2009, Colonia alcanzó una temperatura de-17º a fecha de 21 de diciembre. Recuerdo que estaba hablando con mi hermana la noche del día 16 y, de repente, empezó a nevar de manera descontrolada. Era la primera vez que veíamos la nieve —yo, en directo, y ella, a través del Skype—. Esa misma noche mi hermana se compró un billete de avión y al día siguiente estaba conmigo, dispuesta a pasarlo en grande durante cinco días antes de volver juntos a casa. Durante esos días hicimos guerra de bolas, creamos nuestro propio muñeco y formamos ángeles en la nieve ante la mirada atónita de los transeúntes. Por supuesto, nos pusimos malos de gripe, pero mereció la pena. Imagínense lo que supone jugar con la nieve para un canario que nunca antes había vivido nada igual…

Durante esos cinco días vivimos nevadas intensas, con tormenta incluida, todo un espectáculo.

La verdad es que tomar la decisión de volver a casa fue muy difícil. Mi intención inicial era no pisar la isla durante todo el año Erasmus. ¡Soy canario! No puedo viajar con la misma facilidad que el resto de peninsulares, no todo es tan barato como coger un tren o una guagua —a pesar del descuento por residente—, así que quería aprovechar a toda costa mi estancia en la verdadera Europa. Pero la insistencia parental me hizo desistir, y resolví retornar para darles esa dosis de afecto que ellos tanto necesitaban

 

¡Feliz Navidad desde la Catedral!

Así que el 21 de diciembre volví a casa por Navidad. En el aeropuerto me recibieron unos padres llorosos —somos una piña y era la primera vez que estábamos separados por tanto tiempo—, y tanto mis amigos como mis compañeros de clase me habían echado mucho de menos, pero lo cierto era que yo no quería estar en la isla. Me había ido de mi querida Colonia con el alma encogida, con una borrachera de lágrimas y con la sombra del amor planeando sobre mí, a punto de echárseme encima, solo que eso no lo sabía aún. Y créanme cuando les digo que no estaba preparado para ello… en absoluto.

Vista de la Catedral poco antes de regresar a casa.

(Continuará…)

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