Al tiempo que le contaba mi pasado a Jordi parecía que se animaba, que se daba cuenta de que ese tipo de sentimientos los guardamos todos y de que, al fin y al cabo, él no era diferente a los demás. Seguí relatándole mi historia, cuando se acercó Sebastían Cervantes Bonet:

-Conque estabais aquí. Ya decía yo que dónde os habíais metido durante estos días —se sentó a mi izquierda, sobre una roca enorme—. Estoy esperando a que llegue…

-Calla, calla. Esto está interesante —interrumpió Jordi.

-Ah, perdona, perdona. Sigue hablando.

 

Volví a mi ciudad Erasmus el día 11 de enero de 2010 y fue esa misma noche cuando tuve el placer de vivir uno de los mejores momentos de toda mi vida. Cuando salí de la Hauptbahnhof vi aquella maravillosa Catedral que se erigía frente a mí como un monstruo colosal: agresiva, señorial, intimidatoria. La belleza era tan descomunal que me golpeaba en el pecho y me hacía sentir la certeza de que los meses venideros serían excelentes porque yo estaba rebosante de amor. De amor por la ciudad, por quienes me rodeaban y por mí mismo. Era feliz. La imagen me hizo llorar. Ver todo cubierto de nieve —y aquella catedral, impasible y desafiante  ante los copos que la rodeaban—, era toda una delicia.

 Un «Hallo!» nevado desde la ventana de casa.

Las dos semanas que estuve de vuelta en mi isla fueron suficientes para que el Amor se asentara, se cociera a fuego bien lentito y fuera tomando forma. El problema a mi regreso a Colonia era que estaba a punto de hervir y, de hecho, tan solo tardó dos días. Desde ese momento, el rechazo y el cúmulo de sentimientos que viví en ese mes de enero marcarían mi actitud hacia el resto de mi estancia en el extranjero —y hacia el resto de mi vida—; pero no era una actitud derrotista, sino una actitud alegre, de quererme más a mí mismo —quién mejor que uno mismo para quererse—, una actitud que me hizo reflexionar sobre cientos de miles de aspectos que nunca me había llegado a plantear y otros tantos que creía tener bien cimentados. El caso es que me ayudó enormemente a madurar y a elegir con cautela cómo quería ser en un futuro. Lo bueno de un Erasmus es que ves tu propia vida —la rutinaria, la real— desde fuera, como si se tratara de una película. Y entonces, desde la distancia, te es mucho más fácil elegir qué personas y qué cosas realmente necesitas y qué debes eliminar porque te perjudica. Y esto es muy importante no solo para un traductor e intérprete, sino para cualquier persona. Quienes hayan llegado a esta verdad absoluta y se hayan planteado si eran felices con la vida que llevaban, habrán aprovechado con creces su estancia Erasmus. Porque, como todos sabemos, uno no va de Erasmus a estudiar, pero tampoco a beber y a fornicar —que también—, sino a crecer como persona en todos los sentidos posibles. 😉

 

Alemania: un país de otra galaxia

  • ¿Saben lo que es el Pfand? El Pfand es el dinero que recibes por reciclar ciertos productos. Se trata de un método efectivo para que la gente recicle. En todos los supermercados hay máquinas que registran el Pfand de las botellas, las de plástico blando dan 8 céntimos —si no recuerdo mal— y las de plástico duro y las latas, 15 céntimos. De esta manera, la máquina nos imprime un tique por ese valor que podemos utilizar para comprar cualquier producto del supermercado. Así que entre más acumulemos, menos pagamos. ¡Anda que no había pfaneros —como los llamábamos cariñosamente los españoles—, recogiendo latas y botellas a destajo en las fiestas y botellones para poder sacarse unos eurillos! Uno nos contó que una noche recaudó hasta cincuenta euros. Lo mejor de todo es que las calles están siempre impolutas y no se gastan tanto dinero en limpiar. ¡Ay, si algún político aprendiera!

He aquí una de esas increíbles máquinas que tantos quebraderos de cabeza ha ahorrado al país.

 

  • ¿Han visto alguna vez unas gafas con parabrisas? Pues yo sí. ¿A quién no le molesta tener que llevar gafas en un país en el que llueve con cierta frecuencia? Pues en Alemania también han pensado en ello, —parezco un anuncio de detergente—, por eso no era extraño encontrarse con gente que llevara unos parabrisas diminutos incorporados a las gafas para poder limpiarlas sin tener que hacer el mayor esfuerzo. ¡Qué bien se adaptan a todo!

 

El Carnaval, la gran fiesta en Colonia

 El 11 del 11 a las 11:11h. da el Carnaval el pistoletazo de salida en la ciudad alemana. Es una de las mayores fiestas junto a las del Orgullo Gay, puesto que Colonia es la capital europea de la homosexualidad. A muchos canarios se les hacía difícil pasar los Carnavales que llegarían luego, en febrero, fuera de casa —tengan en cuenta que en Canarias los Carnavales se celebran por todo lo alto—, pero yo tenía mucho interés en ver cómo sería al estilo alemán. La verdad es que no me defraudó. En todo el tiempo que pasé allí no recuerdo haber visto ni una sola pelea durante las horas de fiesta —que fueron bastantes—, y ni siquiera cuando España ganó a Alemania en el Mundial o cuando ganamos la Copa, se comportaron de una manera violenta —como, sin duda, habría pasado en nuestro país de haber sido a la inversa—; sino que salieron todos a la calle a hacernos un pasillo y nos aplaudieron con deportividad, ¡qué grandes son! 😀

Bueno, que me voy por las ramas. El caso es que en Alemania los Carnavales también se viven con mucha intensidad, pero el espíritu es completamente distinto. Allí salen desde bien prontito, cerveza en mano, y pasan el día en la calle escuchando música carnavalera —con base de villancico navideño—, y hablando y bailando con tranquilidad. Nada que ver con el estilo canario, en donde la música te recorre el cuerpo y es inevitable que bailes creyéndote el rey de la pista, de esos que tienen una corona enorme hecha de frutas tropicales y hojas de palmera. La experiencia me gustó, más que nada porque fue una semana entera cargada de jolgorio, en la que podías hacer buenas migas con quien te propusieras porque la gente se mostraba muy afable; pero le faltaba el salero musical que le ponemos los canarios. Por otra parte, el estilo de los disfraces era totalmente distinto —claro está, mientras nosotros estamos a unos 20º, en Alemania había nieve—, así que lo más demandado era el disfraz de esquimal o de pollo, vamos del tipo peluche peludo que solo me deja al descubierto la cara. Aquí, en cambio, los chicos van de Tarzán —aunque se comportan como Chita—, y las chicas salen de casa vestidas de Jane recién llegada a la selva —pero acaban la noche como Pocahontas—. Otro mundo, como en todo.

 

Botellón precarnavalero en Köln, vestido de Danny Succo en «Grease», con mi Tigrilla particular. 😉

 

La gastronomía

No diré en ningún momento que la gastronomía alemana es de lo mejorcito que hay, porque no me lo parece, pero es cierto que los productos que llegan son de muy buena calidad —incluido el pepino español, le pese a quien le pese—. El pescado es cosa aparte. Uno, como buen isleño, adora el pescado y lo come con cierta asiduidad, pero en Colonia la tradición es comer pescado de río. Así es, del mismo río por donde pasan esos grandes barcos a todas horas. Ya sé que en el mar también hay tráfico, pero el aspecto de estos pescados daba un poco de… ¿cómo llamarlo? Miedo. Esa es la palabra. Solo me atreví a probarlo dos veces, pero fueron más que suficiente para saber que no era fresco y que yo allí no comería pescado que no fuera congelado en los meses que me quedaban —y les prometo que me encanta, lo pasé mal—, pero con tan solo rememorar aquel color amarillento y aquellos ojos resecos por fuera de las órbitas… en fin… >.<‘

Por otro lado, la fruta es increíble, y la variedad de productos para intolerantes a la lactosa es un sueño —así es, tengo intolerancia a la lactosa, como el de The Big Bang Theory y como todos los personajes friquis que son objeto de acoso en las películas norteamericanas… ¬¬’—. Durante mi estancia allí, leí un artículo en Der Spiegel que afirmaba que la cantidad de personas afectadas por la intolerancia a la lactosa en Alemania había aumentado alrededor de un 40% en los últimos años, por lo que más de la mitad de la población padecía ahora la patología. Así que ellos estaban muy bien preparados: mil tipos de leche, quesos, yogures, helados,  nata, mantequilla y un sinfín de productos que ya quisiera yo tener en España. Será cuestión de tiempo.

 

Periplo por Europa

Los meses se sucedieron en un abrir y cerrar de ojos. Como había reunido bastante dinero mes a mes —sí, me pagaba el alquiler y me sobraba pasta, aunque parezca increíble—, aproveché para convertirme en Willy Fog y viajé todo cuanto pude: desde Suecia a París —ciudad que, definitivamente, no me gusta, a pesar de que alberga mi cuadro favorito, La balsa de la Medusa, de Géricault—, pasando por Praga —la verdadera ciudad del amor, cuyo hostal nos costó únicamente 3€ la noche, aunque luego lo compensamos con una multa de cuarenta euros por colarnos en el metro sin pagar—, Polonia —Warszawa, Kraków y Wrocław—, Madrid —no, no había ido nunca— y, por supuesto, por Alemania: Düsseldorf —demasiado comercial—, Bonn —un ayuntamiento precioso con casa de Beethoven al ladito—, Bremen —una ciudad inundada de figuras en honor a los Trotamúsicos, con tributo de bronce en la mismísima plaza del ayuntamiento—, Essen, Münster, Trier, Hamburg —sin duda, la mejor ciudad alemana que visité—, Berlín, Dresden y Leipzig.

 

 

 El Museo del Pérgamo en Berlín es el mejor al que he ido nunca.

 

 

  

 

 

 Uno de los platos típicos de Praga: sopa servida en un pan —que vamos devorando poco a poco—. ¡Qué rico estaba!

 

 

 

Campo de concentración de Auschwitz. Tienen montado un circo comercial tan grande y está todo TAN bien cuidado y replantado que en verano parece una casa de campo…

 

 

Con Stitch en Disneyland París. Tuve la suerte de encontrarme a mis tres personajes favoritos de Disney —Donald, Aladdín y Stitch— y sacarme una foto con cada uno. Friquis al poder.

 

 

  

 

 

 

 Una de las cosas que más me impactó de Varsovia era que, de pronto, estabas en una calle marcada por la pobreza y al girar la esquina veías edificios enormes y calles atestadas de empresarios, como en Nueva York.

 

  

 

Durante los viajes disfruté una barbaridad, conocí a un montón de gente y aprendí como nadie. En Polonia me dolían los cachetes de sonreír cada vez que reconocía alguna de las palabras que había estudiado en clase, aluciné con los 5€ que pagué por un billete de tren nocturno para movernos desde Varsovia hasta Cracovia, pero no di crédito cuando fui al servicio y vi que no había retrete sino un hueco circular del tamaño de una pelota de baloncesto, que daba directamente a las vías —y el tren en marcha—, y con el que las señoritas harían malabarismos para no meter el pie en el agujero agarrándose de unas barras metálicas que habían dispuesto a cada lado. Todo un descubrimiento. Mientras orinaba, pensaba en que seguro que más de uno habría metido la pierna sin querer, o que quizás, alguna vez, alguien había dejado caer a algún que otro bebé.

Fue en Bremen cuando aprendí un nuevo juego para beber. No recuerdo el nombre, pero sé el funcionamiento, que es lo importante. Hay dos equipos, cada integrante con una cerveza. El juego consiste en que tu equipo se acabe las cervezas antes que el contrario. Para poder beber hay que volcar la botella vacía del centro del campo con una pelota de tenis. Al tirarla, todo tu equipo bebe y uno del equipo contrario debe correr al centro para volver a ponerla en pie. Suena bien, ¿verdad?

 

El mítico juego para beber en Alemania. ¡Estos sí que saben divertirse! 😀

 

Pero muchos de ustedes se preguntarán: ¿y cómo pudo montárselo el niñato este de 20 años para viajar tanto? Pues muy fácil. Una de las mayores ventajas que tiene vivir en el centro de nuestro continente —y de ser estudiante— es que viajar se convierte en un pasatiempos demasiado barato. Durante mi estancia en Alemania me aproveché de las ventajas que tiene el Mitfahrgelegenheit, —algo así como ‘oportunidad de viajar con’—, una página web en la que personas que van a moverse de una ciudad a otra en su coche particular anuncian el día y la hora a la que tienen previsto el viaje. La idea es que si a ti te viene bien la ruta, pagas tu parte de la gasolina y te montas en su coche. Como la solicitud se hace por medio de la página web, todo queda registrado. Luego puedes valorar al conductor en la web para que la gente se fíe un poco más del usuario, aunque en general los alemanes confían bastante en este medio y, la verdad, en el tiempo que estuve allí no leí ninguna noticia de descuartizamiento durante uno de estos viajes, así que supongo que es seguro. Lo utilicé unas cuatro veces, y todas las experiencias fueron agradables: viajé con un cantante de ópera que iba a dar un concierto y nos puso algunos de sus cd’s, con un matrimonio, con una familia con hijos, y con un hombre que devoraba hamburguesas del McDonald’s como si se le fuera la vida en ello —el único con el que me puse algo nervioso, porque le prestaba más atención a las hamburguesas que había comprado hacía dos horas que a la carretera, y eso que en Alemania no hay límite de velocidad en autopistas—. Y así fue como pude hacer tantos viajes, entre eso y alguna que otra oferta de Ryanair y de Thalys, la compañía de trenes, pude montarme una buena ruta.

 

Una parada obligada: la isla de Vrångö

A principios de diciembre fui a Suecia como acompañante de una de las mejores personas que pude conocer allí: Isidro, que me invitó a visitar a su ex compañera de piso en Granada, que vivía en Gotemburgo, la segunda ciudad más grande del país. Tras cerciorarme de que la chica no tenía problema en recibir un bulto más, me lancé a la aventura. Allí me inicié en el patinaje sobre hielo con unos patines que me quedaban muy pequeños, lo que provocó que me cayera repetidamente… Fue ahí donde visité uno de los mejores lugares en los que he estado: la isla de Vrångö, un pequeño trozo de tierra en medio del calmo mar sueco, en donde habría unos quince habitantes. Era un isla casi desierta a la que había que llegar en barco y que tan solo tenía arces y leñadores que talaban árboles para soportar el duro invierno. Tan solo había una tienda en el pueblo, que era a la vez la casa de una de las mujeres. Desde el montículo más alto se veía toda la isla, y las cinco casas que había y, a lo lejos, un pantano cubierto de barro y árboles pelados en el que no dudamos en adentrarnos. Sencillamente espeluznante. Mientras estaba allí pensé que podría morir en paz, que era el sitio idóneo para terminar una vida. Es un sentimiento muy personal e importante, pero lo comparto porque creo que todo el mundo debería visitar la isla alguna vez.

 Español con gorro peruano y cámara a lo japonés, de Erasmus en Alemania y de viaje por Suecia.

 

 

  Vista del mar que baña Vrångö.

 

 

 

 

  De camino al pantano de Vrångö.   

 

 

 

Conclusión

Sin lugar a dudas, fue un año para recordar. Desde las vicisitudes con mi descoordinadora Erasmus en Gran Canaria, hasta el incidente que sufrí a solo una semana de venirme. Resulta que estaba durmiendo plácidamente cuando, sin esperarlo, escuché un ruido muy fuerte que venía del techo de mi habitación y justo cuando abrí los ojos

¡Tachán!

Así es. Me lo comí enterito, de lleno. Se me cayó literalmente la casa encima —bueno, una pequeña parte de ella—. Lo peor fue que me entró tierra en los ojos así que, después de asimilar que no me iba a quedar ciego, lo arreglé todo con el casero —como ya dije, era un trozo de pan—, y no quedó más que en un susto, ¡pero de los grandes! Unos días después me llamarían los de la nefasta residencia —que conté en la entrada anterior— para decirme que me devolverían el dinero íntegro que había pagado por aquella mensualidad de la que nunca me beneficié, así que fue una de cal y otra de arena. Bueno, en este caso, muchas piedritas de cal y una de arena. ¡Jajaja! 🙂

Para poder entender mi punto de vista hay que tener en cuenta que yo apenas había salido de Gran Canaria con anterioridad, así que prácticamente todo era nuevo para mí. Fue de Erasmus cuando conocí a mi primer murciano, a mi primer catalán, a mi primer vasco, a mi primera manchega y, cómo no, a mi primera arandina. Fue allí donde viví aventuras maravillosas, como quedarme encerrado en Ikea y sin manera de volver a casa, donde aprendí a montar en bicicleta, donde conocí otra cultura, donde viajé y vi parte de Europa, donde probé los buenos resultados del Tándem —¡bien de relaciones sólidas he sacado de ahí!—, donde aprendí a vivir solo, donde aprendí que es bueno llorar y que no importa que los demás te vean, que las despedidas son duras y dolorosas, y donde entendí que había algo que nunca podría perder, algo que siempre, siempre, siempre me llevaría en el corazón: la experiencia del que ha sido el mejor año de toda mi vida. Gente, si están a tiempo y pueden permitírselo: ¡váyanse de intercambio! Merece la pena.

Gracias por leer y ¡disfruten del sol! 😀

 

Cuando terminé mi relato, Sebastián me dijo que él también había estado de Erasmus. Estaba contándome una de las anécdotas que él recordaba con más cariño cuando, de repente:

-¡Mirad, alguien se acerca! —gritó Jordi—. ¡Ahí, en el mar!

Los tres nos pusimos de pie de golpe.

-Es verdad, viene… ¿en una barca? —añadí.

-Es Jennifer Vela, vine a buscarla, ya ha acabado la misión al otro lado —explicó Sebastián.

-¡Cállate tío, él no sabe nada! —le advirtió Jordi.

De pronto, los dos me miraron:

-¿Qué misión? ¿Y de dónde viene la barca? —pregunté, sin entender nada.

-¡Pensé que ya se lo habíais contado! —se excusó Sebastián.

-Pero, ¿de qué hablan?

-Ven conmigo —dijo Jordi agarrándome del cuello de la camiseta—. ¡Ven conmigo!

Y antes de que pudiera hacer nada me llevó a rastras por toda la playa hasta mi habitación. Abrió la puerta con mi llave y me empujó hacia dentro:

-Si sabes lo que te conviene, no hagas preguntas. Y no digas nada de lo que has visto ahí fuera.

Y dio un portazo. Aquella noche no pude dormir. De pronto y sin darme cuenta, echaba de menos sobremanera a mi familia.

 

 

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