Category: Año 2011


¡Viva Colonia! (II)

Al tiempo que le contaba mi pasado a Jordi parecía que se animaba, que se daba cuenta de que ese tipo de sentimientos los guardamos todos y de que, al fin y al cabo, él no era diferente a los demás. Seguí relatándole mi historia, cuando se acercó Sebastían Cervantes Bonet:

-Conque estabais aquí. Ya decía yo que dónde os habíais metido durante estos días —se sentó a mi izquierda, sobre una roca enorme—. Estoy esperando a que llegue…

-Calla, calla. Esto está interesante —interrumpió Jordi.

-Ah, perdona, perdona. Sigue hablando.

 

Volví a mi ciudad Erasmus el día 11 de enero de 2010 y fue esa misma noche cuando tuve el placer de vivir uno de los mejores momentos de toda mi vida. Cuando salí de la Hauptbahnhof vi aquella maravillosa Catedral que se erigía frente a mí como un monstruo colosal: agresiva, señorial, intimidatoria. La belleza era tan descomunal que me golpeaba en el pecho y me hacía sentir la certeza de que los meses venideros serían excelentes porque yo estaba rebosante de amor. De amor por la ciudad, por quienes me rodeaban y por mí mismo. Era feliz. La imagen me hizo llorar. Ver todo cubierto de nieve —y aquella catedral, impasible y desafiante  ante los copos que la rodeaban—, era toda una delicia.

 Un «Hallo!» nevado desde la ventana de casa.

Las dos semanas que estuve de vuelta en mi isla fueron suficientes para que el Amor se asentara, se cociera a fuego bien lentito y fuera tomando forma. El problema a mi regreso a Colonia era que estaba a punto de hervir y, de hecho, tan solo tardó dos días. Desde ese momento, el rechazo y el cúmulo de sentimientos que viví en ese mes de enero marcarían mi actitud hacia el resto de mi estancia en el extranjero —y hacia el resto de mi vida—; pero no era una actitud derrotista, sino una actitud alegre, de quererme más a mí mismo —quién mejor que uno mismo para quererse—, una actitud que me hizo reflexionar sobre cientos de miles de aspectos que nunca me había llegado a plantear y otros tantos que creía tener bien cimentados. El caso es que me ayudó enormemente a madurar y a elegir con cautela cómo quería ser en un futuro. Lo bueno de un Erasmus es que ves tu propia vida —la rutinaria, la real— desde fuera, como si se tratara de una película. Y entonces, desde la distancia, te es mucho más fácil elegir qué personas y qué cosas realmente necesitas y qué debes eliminar porque te perjudica. Y esto es muy importante no solo para un traductor e intérprete, sino para cualquier persona. Quienes hayan llegado a esta verdad absoluta y se hayan planteado si eran felices con la vida que llevaban, habrán aprovechado con creces su estancia Erasmus. Porque, como todos sabemos, uno no va de Erasmus a estudiar, pero tampoco a beber y a fornicar —que también—, sino a crecer como persona en todos los sentidos posibles. 😉

 

Alemania: un país de otra galaxia

  • ¿Saben lo que es el Pfand? El Pfand es el dinero que recibes por reciclar ciertos productos. Se trata de un método efectivo para que la gente recicle. En todos los supermercados hay máquinas que registran el Pfand de las botellas, las de plástico blando dan 8 céntimos —si no recuerdo mal— y las de plástico duro y las latas, 15 céntimos. De esta manera, la máquina nos imprime un tique por ese valor que podemos utilizar para comprar cualquier producto del supermercado. Así que entre más acumulemos, menos pagamos. ¡Anda que no había pfaneros —como los llamábamos cariñosamente los españoles—, recogiendo latas y botellas a destajo en las fiestas y botellones para poder sacarse unos eurillos! Uno nos contó que una noche recaudó hasta cincuenta euros. Lo mejor de todo es que las calles están siempre impolutas y no se gastan tanto dinero en limpiar. ¡Ay, si algún político aprendiera!

He aquí una de esas increíbles máquinas que tantos quebraderos de cabeza ha ahorrado al país.

 

  • ¿Han visto alguna vez unas gafas con parabrisas? Pues yo sí. ¿A quién no le molesta tener que llevar gafas en un país en el que llueve con cierta frecuencia? Pues en Alemania también han pensado en ello, —parezco un anuncio de detergente—, por eso no era extraño encontrarse con gente que llevara unos parabrisas diminutos incorporados a las gafas para poder limpiarlas sin tener que hacer el mayor esfuerzo. ¡Qué bien se adaptan a todo!

 

El Carnaval, la gran fiesta en Colonia

 El 11 del 11 a las 11:11h. da el Carnaval el pistoletazo de salida en la ciudad alemana. Es una de las mayores fiestas junto a las del Orgullo Gay, puesto que Colonia es la capital europea de la homosexualidad. A muchos canarios se les hacía difícil pasar los Carnavales que llegarían luego, en febrero, fuera de casa —tengan en cuenta que en Canarias los Carnavales se celebran por todo lo alto—, pero yo tenía mucho interés en ver cómo sería al estilo alemán. La verdad es que no me defraudó. En todo el tiempo que pasé allí no recuerdo haber visto ni una sola pelea durante las horas de fiesta —que fueron bastantes—, y ni siquiera cuando España ganó a Alemania en el Mundial o cuando ganamos la Copa, se comportaron de una manera violenta —como, sin duda, habría pasado en nuestro país de haber sido a la inversa—; sino que salieron todos a la calle a hacernos un pasillo y nos aplaudieron con deportividad, ¡qué grandes son! 😀

Bueno, que me voy por las ramas. El caso es que en Alemania los Carnavales también se viven con mucha intensidad, pero el espíritu es completamente distinto. Allí salen desde bien prontito, cerveza en mano, y pasan el día en la calle escuchando música carnavalera —con base de villancico navideño—, y hablando y bailando con tranquilidad. Nada que ver con el estilo canario, en donde la música te recorre el cuerpo y es inevitable que bailes creyéndote el rey de la pista, de esos que tienen una corona enorme hecha de frutas tropicales y hojas de palmera. La experiencia me gustó, más que nada porque fue una semana entera cargada de jolgorio, en la que podías hacer buenas migas con quien te propusieras porque la gente se mostraba muy afable; pero le faltaba el salero musical que le ponemos los canarios. Por otra parte, el estilo de los disfraces era totalmente distinto —claro está, mientras nosotros estamos a unos 20º, en Alemania había nieve—, así que lo más demandado era el disfraz de esquimal o de pollo, vamos del tipo peluche peludo que solo me deja al descubierto la cara. Aquí, en cambio, los chicos van de Tarzán —aunque se comportan como Chita—, y las chicas salen de casa vestidas de Jane recién llegada a la selva —pero acaban la noche como Pocahontas—. Otro mundo, como en todo.

 

Botellón precarnavalero en Köln, vestido de Danny Succo en «Grease», con mi Tigrilla particular. 😉

 

La gastronomía

No diré en ningún momento que la gastronomía alemana es de lo mejorcito que hay, porque no me lo parece, pero es cierto que los productos que llegan son de muy buena calidad —incluido el pepino español, le pese a quien le pese—. El pescado es cosa aparte. Uno, como buen isleño, adora el pescado y lo come con cierta asiduidad, pero en Colonia la tradición es comer pescado de río. Así es, del mismo río por donde pasan esos grandes barcos a todas horas. Ya sé que en el mar también hay tráfico, pero el aspecto de estos pescados daba un poco de… ¿cómo llamarlo? Miedo. Esa es la palabra. Solo me atreví a probarlo dos veces, pero fueron más que suficiente para saber que no era fresco y que yo allí no comería pescado que no fuera congelado en los meses que me quedaban —y les prometo que me encanta, lo pasé mal—, pero con tan solo rememorar aquel color amarillento y aquellos ojos resecos por fuera de las órbitas… en fin… >.<‘

Por otro lado, la fruta es increíble, y la variedad de productos para intolerantes a la lactosa es un sueño —así es, tengo intolerancia a la lactosa, como el de The Big Bang Theory y como todos los personajes friquis que son objeto de acoso en las películas norteamericanas… ¬¬’—. Durante mi estancia allí, leí un artículo en Der Spiegel que afirmaba que la cantidad de personas afectadas por la intolerancia a la lactosa en Alemania había aumentado alrededor de un 40% en los últimos años, por lo que más de la mitad de la población padecía ahora la patología. Así que ellos estaban muy bien preparados: mil tipos de leche, quesos, yogures, helados,  nata, mantequilla y un sinfín de productos que ya quisiera yo tener en España. Será cuestión de tiempo.

 

Periplo por Europa

Los meses se sucedieron en un abrir y cerrar de ojos. Como había reunido bastante dinero mes a mes —sí, me pagaba el alquiler y me sobraba pasta, aunque parezca increíble—, aproveché para convertirme en Willy Fog y viajé todo cuanto pude: desde Suecia a París —ciudad que, definitivamente, no me gusta, a pesar de que alberga mi cuadro favorito, La balsa de la Medusa, de Géricault—, pasando por Praga —la verdadera ciudad del amor, cuyo hostal nos costó únicamente 3€ la noche, aunque luego lo compensamos con una multa de cuarenta euros por colarnos en el metro sin pagar—, Polonia —Warszawa, Kraków y Wrocław—, Madrid —no, no había ido nunca— y, por supuesto, por Alemania: Düsseldorf —demasiado comercial—, Bonn —un ayuntamiento precioso con casa de Beethoven al ladito—, Bremen —una ciudad inundada de figuras en honor a los Trotamúsicos, con tributo de bronce en la mismísima plaza del ayuntamiento—, Essen, Münster, Trier, Hamburg —sin duda, la mejor ciudad alemana que visité—, Berlín, Dresden y Leipzig.

 

 

 El Museo del Pérgamo en Berlín es el mejor al que he ido nunca.

 

 

  

 

 

 Uno de los platos típicos de Praga: sopa servida en un pan —que vamos devorando poco a poco—. ¡Qué rico estaba!

 

 

 

Campo de concentración de Auschwitz. Tienen montado un circo comercial tan grande y está todo TAN bien cuidado y replantado que en verano parece una casa de campo…

 

 

Con Stitch en Disneyland París. Tuve la suerte de encontrarme a mis tres personajes favoritos de Disney —Donald, Aladdín y Stitch— y sacarme una foto con cada uno. Friquis al poder.

 

 

  

 

 

 

 Una de las cosas que más me impactó de Varsovia era que, de pronto, estabas en una calle marcada por la pobreza y al girar la esquina veías edificios enormes y calles atestadas de empresarios, como en Nueva York.

 

  

 

Durante los viajes disfruté una barbaridad, conocí a un montón de gente y aprendí como nadie. En Polonia me dolían los cachetes de sonreír cada vez que reconocía alguna de las palabras que había estudiado en clase, aluciné con los 5€ que pagué por un billete de tren nocturno para movernos desde Varsovia hasta Cracovia, pero no di crédito cuando fui al servicio y vi que no había retrete sino un hueco circular del tamaño de una pelota de baloncesto, que daba directamente a las vías —y el tren en marcha—, y con el que las señoritas harían malabarismos para no meter el pie en el agujero agarrándose de unas barras metálicas que habían dispuesto a cada lado. Todo un descubrimiento. Mientras orinaba, pensaba en que seguro que más de uno habría metido la pierna sin querer, o que quizás, alguna vez, alguien había dejado caer a algún que otro bebé.

Fue en Bremen cuando aprendí un nuevo juego para beber. No recuerdo el nombre, pero sé el funcionamiento, que es lo importante. Hay dos equipos, cada integrante con una cerveza. El juego consiste en que tu equipo se acabe las cervezas antes que el contrario. Para poder beber hay que volcar la botella vacía del centro del campo con una pelota de tenis. Al tirarla, todo tu equipo bebe y uno del equipo contrario debe correr al centro para volver a ponerla en pie. Suena bien, ¿verdad?

 

El mítico juego para beber en Alemania. ¡Estos sí que saben divertirse! 😀

 

Pero muchos de ustedes se preguntarán: ¿y cómo pudo montárselo el niñato este de 20 años para viajar tanto? Pues muy fácil. Una de las mayores ventajas que tiene vivir en el centro de nuestro continente —y de ser estudiante— es que viajar se convierte en un pasatiempos demasiado barato. Durante mi estancia en Alemania me aproveché de las ventajas que tiene el Mitfahrgelegenheit, —algo así como ‘oportunidad de viajar con’—, una página web en la que personas que van a moverse de una ciudad a otra en su coche particular anuncian el día y la hora a la que tienen previsto el viaje. La idea es que si a ti te viene bien la ruta, pagas tu parte de la gasolina y te montas en su coche. Como la solicitud se hace por medio de la página web, todo queda registrado. Luego puedes valorar al conductor en la web para que la gente se fíe un poco más del usuario, aunque en general los alemanes confían bastante en este medio y, la verdad, en el tiempo que estuve allí no leí ninguna noticia de descuartizamiento durante uno de estos viajes, así que supongo que es seguro. Lo utilicé unas cuatro veces, y todas las experiencias fueron agradables: viajé con un cantante de ópera que iba a dar un concierto y nos puso algunos de sus cd’s, con un matrimonio, con una familia con hijos, y con un hombre que devoraba hamburguesas del McDonald’s como si se le fuera la vida en ello —el único con el que me puse algo nervioso, porque le prestaba más atención a las hamburguesas que había comprado hacía dos horas que a la carretera, y eso que en Alemania no hay límite de velocidad en autopistas—. Y así fue como pude hacer tantos viajes, entre eso y alguna que otra oferta de Ryanair y de Thalys, la compañía de trenes, pude montarme una buena ruta.

 

Una parada obligada: la isla de Vrångö

A principios de diciembre fui a Suecia como acompañante de una de las mejores personas que pude conocer allí: Isidro, que me invitó a visitar a su ex compañera de piso en Granada, que vivía en Gotemburgo, la segunda ciudad más grande del país. Tras cerciorarme de que la chica no tenía problema en recibir un bulto más, me lancé a la aventura. Allí me inicié en el patinaje sobre hielo con unos patines que me quedaban muy pequeños, lo que provocó que me cayera repetidamente… Fue ahí donde visité uno de los mejores lugares en los que he estado: la isla de Vrångö, un pequeño trozo de tierra en medio del calmo mar sueco, en donde habría unos quince habitantes. Era un isla casi desierta a la que había que llegar en barco y que tan solo tenía arces y leñadores que talaban árboles para soportar el duro invierno. Tan solo había una tienda en el pueblo, que era a la vez la casa de una de las mujeres. Desde el montículo más alto se veía toda la isla, y las cinco casas que había y, a lo lejos, un pantano cubierto de barro y árboles pelados en el que no dudamos en adentrarnos. Sencillamente espeluznante. Mientras estaba allí pensé que podría morir en paz, que era el sitio idóneo para terminar una vida. Es un sentimiento muy personal e importante, pero lo comparto porque creo que todo el mundo debería visitar la isla alguna vez.

 Español con gorro peruano y cámara a lo japonés, de Erasmus en Alemania y de viaje por Suecia.

 

 

  Vista del mar que baña Vrångö.

 

 

 

 

  De camino al pantano de Vrångö.   

 

 

 

Conclusión

Sin lugar a dudas, fue un año para recordar. Desde las vicisitudes con mi descoordinadora Erasmus en Gran Canaria, hasta el incidente que sufrí a solo una semana de venirme. Resulta que estaba durmiendo plácidamente cuando, sin esperarlo, escuché un ruido muy fuerte que venía del techo de mi habitación y justo cuando abrí los ojos

¡Tachán!

Así es. Me lo comí enterito, de lleno. Se me cayó literalmente la casa encima —bueno, una pequeña parte de ella—. Lo peor fue que me entró tierra en los ojos así que, después de asimilar que no me iba a quedar ciego, lo arreglé todo con el casero —como ya dije, era un trozo de pan—, y no quedó más que en un susto, ¡pero de los grandes! Unos días después me llamarían los de la nefasta residencia —que conté en la entrada anterior— para decirme que me devolverían el dinero íntegro que había pagado por aquella mensualidad de la que nunca me beneficié, así que fue una de cal y otra de arena. Bueno, en este caso, muchas piedritas de cal y una de arena. ¡Jajaja! 🙂

Para poder entender mi punto de vista hay que tener en cuenta que yo apenas había salido de Gran Canaria con anterioridad, así que prácticamente todo era nuevo para mí. Fue de Erasmus cuando conocí a mi primer murciano, a mi primer catalán, a mi primer vasco, a mi primera manchega y, cómo no, a mi primera arandina. Fue allí donde viví aventuras maravillosas, como quedarme encerrado en Ikea y sin manera de volver a casa, donde aprendí a montar en bicicleta, donde conocí otra cultura, donde viajé y vi parte de Europa, donde probé los buenos resultados del Tándem —¡bien de relaciones sólidas he sacado de ahí!—, donde aprendí a vivir solo, donde aprendí que es bueno llorar y que no importa que los demás te vean, que las despedidas son duras y dolorosas, y donde entendí que había algo que nunca podría perder, algo que siempre, siempre, siempre me llevaría en el corazón: la experiencia del que ha sido el mejor año de toda mi vida. Gente, si están a tiempo y pueden permitírselo: ¡váyanse de intercambio! Merece la pena.

Gracias por leer y ¡disfruten del sol! 😀

 

Cuando terminé mi relato, Sebastián me dijo que él también había estado de Erasmus. Estaba contándome una de las anécdotas que él recordaba con más cariño cuando, de repente:

-¡Mirad, alguien se acerca! —gritó Jordi—. ¡Ahí, en el mar!

Los tres nos pusimos de pie de golpe.

-Es verdad, viene… ¿en una barca? —añadí.

-Es Jennifer Vela, vine a buscarla, ya ha acabado la misión al otro lado —explicó Sebastián.

-¡Cállate tío, él no sabe nada! —le advirtió Jordi.

De pronto, los dos me miraron:

-¿Qué misión? ¿Y de dónde viene la barca? —pregunté, sin entender nada.

-¡Pensé que ya se lo habíais contado! —se excusó Sebastián.

-Pero, ¿de qué hablan?

-Ven conmigo —dijo Jordi agarrándome del cuello de la camiseta—. ¡Ven conmigo!

Y antes de que pudiera hacer nada me llevó a rastras por toda la playa hasta mi habitación. Abrió la puerta con mi llave y me empujó hacia dentro:

-Si sabes lo que te conviene, no hagas preguntas. Y no digas nada de lo que has visto ahí fuera.

Y dio un portazo. Aquella noche no pude dormir. De pronto y sin darme cuenta, echaba de menos sobremanera a mi familia.

 

 

Anuncios

¡Viva Colonia! (I)

Las semanas siguientes fueron muy extenuantes. El volumen de trabajo que me habían asignado era mayor de lo que creí en un principio, así que no paraba de traducir como un jabato para sentirme más aliviado. Pasaba los días de la cama al ordenador y solo paraba para comer y para ir al baño. Y luego a la cama otra vez. Ya no coincidía con el resto de traductores, así que me sentía algo solo. Quizás fue por eso que me acerqué aquella noche a Jordi Balcells Antón, cuando crucé el pasillo y lo vi sentado a lo lejos, en medio de las rocas y mirando el baño de estrellas:

-¿Va todo bien?

-¿Qué? —respondió, sobresaltado—. Sí, claro… claro… Ehm, ¿cómo te va a ti? ¿Te estás adaptando? —añadió al tiempo que me hacía hueco junto a él.

-Sí, la verdad es que es fácil —contesté mientras me sentaba—. Todo el mundo me trata con mucho cariño. Me siento genial, como en casa.

-Ya veo. Como en casa… —se hizo un largo silencio— ¿Y no echas de menos a tu familia?

-Por supuesto. Me acuerdo de ellos cada día. Pero supongo que me he acostumbrado a que estemos separados…

-¿Acostumbrado?

-Así es. Ya yo había vivido antes sin mi familia, hace tan solo un año

 

Irse de Erasmus es, sin lugar a dudas, una de las mejores experiencias que uno pueda tener en la vida. El pasado 31 de julio se cumplió un año desde que regresara de Köln —o Colonia, como prefieran—, mi segundo hogar y la cuarta ciudad más grande de Alemania. Es irremediable que me haya entrado la nostalgia, ya que estos días acoge la Gamescom, la mayor feria de videojuegos de Europa. Así que he resuelto hablarles acerca de mi experiencia allí y de lo sumamente duro que ha sido el proceso de readaptación a la vida normal.

La Catedral de Colonia, símbolo de la ciudad, al atardecer.

 

La batalla más cruenta: encontrar un alojamiento digno

Mi billete de ida tenía fecha de 12 de septiembre de 2009 y mi destino estaba claro: una residencia de ensueño en el maravilloso barrio de Junkersdorf. Mentira cochina. La imagen que mostraba la página web no tenía ABSOLUTAMENTE nada que ver con la realidad: se trataba de una residencia de mala muerte emplazada en un bosque que estaba a veinte minutos —¡en metro!— del centro de la ciudad y a unos cuarenta de la facultad, con transbordo incluido… Sin embargo, eso no era todo: la entrada del edificio despedía un extraño hedor, la recepción llevaba en obras unos añitos —y no parecía avanzar— y no había ni una sola persona al mando dentro del recinto; así que si alguien tenía algún problema, debía ir a la administración central que, por supuesto, también estaba a años luz de distancia. La peor parte vino cuando llegué a la habitación que me habían asignado: me dio la bienvenida una papelera de plástico que, supongo, quemó el anterior inquilino. El plástico se había derretido hasta tal punto que se había fundido con el suelo, así que le tuve que dar unas cuantas patadas para poder despegarla… Aparte de eso, había dos docenas de botellas de vino —sin Pfand, para colmo— amontonadas a un lado, y a la suciedad de la cocina y el baño —que superaba claramente la línea de lo insalubre—  se unía el raro olor a cera de depilar que despedía la moqueta de mi habitación. Yo siempre creí que provenía de la mancha enorme que había en el centro de la moqueta. Por un momento dudé de si se trataba de una salón de peluquería porque había pelos por doquier y restos de basura y desperdicios por todas partes. La chica que me mostraba el edificio era rusa y chapurreaba algo de alemán, pero nada más. Y claro, yo llegué con mi nivel de alemán de segundo de carrera y no podía defenderme lo suficiente. Le expliqué como pude que aquello era una vergüenza y lo único que pude entender de su respuesta es que ella allí ni cortaba ni pinchaba, sino que era una mandada. En cualquier caso, necesitaba un techo donde pasar dos noches, ya que era sábado y la administración de la residencia no abría hasta el lunes —¡bien, qué suertudo!—; por tanto, acepté las llaves con una sonrisa forzada, me despedí de ella y pensé: «Acabas de invertir 265€ de manera inteligente: ¡malvenido a Alemania, el país donde todo es perfecto!» Saqué mi saco de dormir, me duché a duras penas en el lavamanos del baño y cuando me acosté —con cuidado para no rozarme con nada— pensé que, por fin, había conseguido una de las cosas que más había ansiado y que, después de todo, era feliz.

Esta es la reacción de la gente cuando entra en la residencia de Junkersdorf.

 

Al día siguiente me levanté temprano para llevar a cabo mi plan: irme pitando de allí en cuanto pudiera. Además de la mala impresión que me había dado el complejo, yo tenía claro desde antes que quería vivir en un piso. Y así fue: tras pasar la segunda quincena de septiembre y la primera de octubre en casas ajenas, durmiendo en el suelo y malviviendo, conseguí mudarme a un piso que estaba a diez minutos del centro a pie y a uno de la facultad. Todo un logro. Fue un mes agotador: buscar piso en esta ciudad sin saber demasiado alemán se torna en una misión casi imposible. Dediqué un mes entero, sin pausa —de verdad—, a buscar piso a toda costa: en periódicos, en los tablones de la facultad, por la ciudad, en internet, preguntándole a la gente, etc. Al principio aluciné un poco —bastante— con los llamados castings. Me parece un buen método, pero algo excesivo. Aquello parecía una especie de Gran Hermano: la gente llegaba, emperifollada a más no poder y desplegaba toda su verborrea en una perfecta presentación en alemán que deslumbraba a todos y cada uno de los compañeros de habitación… lo intenté en muchas ocasiones, pero mi precario alemán, el lado malo del prejuicio hacia el español —juerguista alborotador Erasmus busca casa para destrozarla a base de fiestas— y mis pocas ganas de agasajar al personal provocaron que me rechazaran siempre. Incluso había candidatos que llevaban presentes a los inquilinos. Qué peloteo. Yo no iba a pasar por eso. No, no, no.

Durante mi mes de Obdachlos no tuve tendedero, así que tuve que improvisar…

 

El día 12 de octubre vi un anuncio en el periódico sobre el alquiler de un piso por la friolera de —¡ATENCIÓN!—, 670€ al mes… Al principio —los primeros treinta segundos—, me mostré un tanto reticente, pero enseguida llamé al propietario para quedar con él y que me diera más datos. Finalmente, viví ahí hasta el 29 de julio, mi última semana en Köln. El piso era increíble, lo había construido el propio dueño —un chaval de 22 años que había vivido en Estados Unidos y sabía perfectamente lo difícil que era empezar de cero sin conocer bien el idioma—. Era uno de estos cuchitriles maravillosos, muy amplios y con un toque estudiantil, a los que uno le coge un cariño tremendo —supongo que algo así como la cabaña del árbol de Punky Brewster, que a todos nos molaba a pesar del excéntrico colorido—. Algunos pensarán que se me fue la pinza pero, como ya dije antes, el piso no podía estar en una zona mejor, incluía los gastos, internet y había lavadora, el barrio era perfecto, tenía el supermercado al lado y sobre todo, servidor estaba muy desesperado porque me veía volviendo a casa con la cabeza gacha y la moral por los suelos. En frío uno puede pensar que fue un derroche de dinero, pero la beca de excelencia me daba para cubrir eso y más, y al fin y al cabo era un año muy importante, así que no me arrepiento de haber invertido tanto dinero en un alquiler porque pronto mi casa se convertiría en el punto de reunión para cenas, botellones y fiestas, para ver películas, conocer más a la gente y para… en fin, para muchos de esos detalles que conforman un buen año Erasmus. 😀

 

El embrujo de Köln

La belleza abrumadora de la ciudad no se puede entender leyendo esta entrada, ni tan siquiera visitando la ciudad por unos días: para captarla es necesario vivir en ella, porque poco a poco te atrapa y al final se fusiona contigo. Además de la apoteósica catedral —en donde, se dice, yacen los cuerpos de los tres Reyes Magos de Oriente—, la oferta cultural es un sueño: durante mi estancia allí tuve la oportunidad de visitar el despliegue de Van Gogh, de la piratería corsaria, de los egipcios, de la historia de la mítica agua perfumada 4711 —toda una delicia para mí, teniendo en cuenta que mi padre es coleccionista de miniaturas de perfumes y que el libro de Patrick Süskind me ha dejado una huella profunda—, de la historia alemana, de la historia del carnaval, etcétera. Disfruté del buen cine alemán, del impresionante museo japonés y de las decenas de exposiciones itinerantes sobre fotografía, de las delicias del museo del chocolate, de la variedad de especies animales que alberga el zoológico y del derroche de amor en el puente de los candados.

Disfrutando de mi soltería de oro mientras las parejas me miraban con envidia.

 

Aunque el objeto de esta entrada no es elaborar una guía turística a lo Lonely Planet, sí que me voy a detener a explicarles dos detalles culturales que me dejaron anonadado:

  • Ja, ich kenne Spanien: ich war in Mallorca. Frase típica alemana. El 99,9% de los alemanes que conocí había veraneado alguna vez en Mallorca. Eso sí, no me esperaba que tuvieran el concepto tan arraigado hasta que vi esto:

 Los alemanes veranean en Mallorca, y algunos incluso utilizan el término para referirse a España.

 

  • ¿Qué diantres significa esa fórmula matemática? Al poco tiempo de estar en Colonia, no tardé en ver inscripciones como la de abajo por todas partes. Las pintaban siempre junto a las puertas de las casas y, como uno es muy curioso y no se me ocurría ninguna explicación razonable —me dio por pensar que era una especie de tributo a Einstein o un código para vender droga—, decidí sacar unas fotos a ver qué me decía mi querido buscador. Al final, entendí que se trata de una costumbre religiosa vigente en Alemania y Austria —no sé si en más lugares—, para celebrar el día de Reyes. Supuestamente, las cifras representan el año en el que nos encontramos —detalle que no me encaja, porque esta familia lleva algo de retraso, la foto es de 2010—, las letras tienen un doble significado: por una parte, responden a Christus Mansionem Benedicat, es decir, ‘Que Dios bendiga esta casa’; y por otra, evoca los nombres en latín de Caspar, Melchior et Baltassar. Se pintan con tizas previamente bendecidas y son todo un símbolo del Catolicismo.

¿Creían que solo los chinos tienen un calendario diferente? Pues no, esta familia también se ha rebelado.

 

Los alemanes: una sociedad ejemplar

Son muchos los que se atreven a afirmar que los alemanes son unos cabeza cuadrada, que son serios y antipáticos pero, por lo menos en Köln, no es así. Ellos mismos dicen que, al tratarse de una ciudad tan despierta, la gente no es como en el resto del país: muchos de los ciudadanos vienen de otros puntos de Alemania, los verdaderos colonienses —esos que han nacido y se han criado allí— son minoría, así que la gente viene sola y suele abrirse más a conocer al resto. Algo que está claro es que, una vez que un alemán te abre su corazón, te dará el cielo y la tierra. Van con pies de plomo, pero las relaciones las crean sobre cimientos bien sólidos. Y así es como debe ser. Eso sí, es importante tener cuidado porque muchos alemanes saben español y más en una ciudad en donde hay Facultad de Traducción e Interpretación. No fueron pocas las veces en las que me vi en un aprieto por hablar con algún paisano sin tener en cuenta que podían entendernos…

En cuanto a la fiesta, ser español es todo un lujo. Los alemanes de por sí no son de mucho bailar, allí les encanta la Lucha Amada —una especie de baile que consiste en empujarse—, y poco más. Así que mientras los españoles desplegamos nuestro salero con la confianza de que estamos en un lugar donde nadie nos conoce, los alemanes se limitan a agarrar fuertemente su copa, pegarse a la pared y observar, así que ligamos fijo. Es todo un paraíso sexual, así que en vez de ir a Tailandia a por prostitutas, esta clase de turistas deeberían ir a sacar el país adelante y, si quieren sexo, deberían ir a las discotecas alemanas, en donde se retoza por placer y no por necesidad y no se denigra a nadie. 😉

 

Volver a casa por Navidad

La nieve llegó sin avisar, en un derroche de esplendor y belleza. Los mercadillos alemanes son harto conocidos por su originalidad, por el calor que transmite la gente —y el Glühwein—, y por cuidar hasta el más mínimo detalle. En 2009, Colonia alcanzó una temperatura de-17º a fecha de 21 de diciembre. Recuerdo que estaba hablando con mi hermana la noche del día 16 y, de repente, empezó a nevar de manera descontrolada. Era la primera vez que veíamos la nieve —yo, en directo, y ella, a través del Skype—. Esa misma noche mi hermana se compró un billete de avión y al día siguiente estaba conmigo, dispuesta a pasarlo en grande durante cinco días antes de volver juntos a casa. Durante esos días hicimos guerra de bolas, creamos nuestro propio muñeco y formamos ángeles en la nieve ante la mirada atónita de los transeúntes. Por supuesto, nos pusimos malos de gripe, pero mereció la pena. Imagínense lo que supone jugar con la nieve para un canario que nunca antes había vivido nada igual…

Durante esos cinco días vivimos nevadas intensas, con tormenta incluida, todo un espectáculo.

La verdad es que tomar la decisión de volver a casa fue muy difícil. Mi intención inicial era no pisar la isla durante todo el año Erasmus. ¡Soy canario! No puedo viajar con la misma facilidad que el resto de peninsulares, no todo es tan barato como coger un tren o una guagua —a pesar del descuento por residente—, así que quería aprovechar a toda costa mi estancia en la verdadera Europa. Pero la insistencia parental me hizo desistir, y resolví retornar para darles esa dosis de afecto que ellos tanto necesitaban

 

¡Feliz Navidad desde la Catedral!

Así que el 21 de diciembre volví a casa por Navidad. En el aeropuerto me recibieron unos padres llorosos —somos una piña y era la primera vez que estábamos separados por tanto tiempo—, y tanto mis amigos como mis compañeros de clase me habían echado mucho de menos, pero lo cierto era que yo no quería estar en la isla. Me había ido de mi querida Colonia con el alma encogida, con una borrachera de lágrimas y con la sombra del amor planeando sobre mí, a punto de echárseme encima, solo que eso no lo sabía aún. Y créanme cuando les digo que no estaba preparado para ello… en absoluto.

Vista de la Catedral poco antes de regresar a casa.

(Continuará…)