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Hacía frío. Jennifer caminaba muy deprisa, los brazos cruzados y la mirada anclada en las estrellas. Tan solo se oía el crujir de las ramas y el viento meciendo las hojas. Iba siempre dos pasos por delante de mí y si percibía que apretaba el ritmo, ella hacía lo propio:

-Oye, ¿de qué va todo esto?

-Te vi la otra noche en la orilla. Sé que me viste llegar.

-¿Y qué pasa?

-Tú sígueme y cállate.

 

Durante el pasado octubre ―sí, ya sé que han pasado cuatro meses―, tuve la increíble oportunidad de asistir a un curso de Quick Braille que organizaba la ULPGC a través de la ONCE. Algunos se preguntarán «¿Y qué es eso del Quick Braille?». Pues bien, se trata de un software que permite transcribir textos a braille. Dispone de un editor bastante avanzado, capaz de transcribir y recuperar documentos en formato .rtf o .txt. Es decir, reconoce y genera archivos en braille por medio de tablas de conversión, y está disponible en castellano, catalán, euskera, gallego, inglés y francés. Por otro lado, si el ordenador tiene instalados los controladores de una impresora braille ―un monstruo de máquina, imagínense―, se pueden imprimir directamente los ficheros transcritos.

Además de aprender a usar el programa, nos mostraron cómo estaba organizada la ONCE para integrar a las personas con dificultades visuales. Nos enseñaron, entre otras cosas, inventos tan variopintos como un Twister que en vez de utilizar colores empleaba distintas texturas, como el corcho o el plástico; o cuentos infantiles que pesaban una tonelada y que contenían césped real, trozos de corteza de árbol y hasta un cuenco para verter agua y sal y acercarles así la idea del mar. Una verdadera gozada. Y es que, hasta que nos paramos a pensarlo, uno no se da cuenta de que hay gente que se desvive por acercar las realidades cotidianas de nuestro entorno a personas que no están en las mismas condiciones. Fue un curso muy completo, en el que entendí que muchos se dejan la piel cada día por garantizar una experiencia más completa a personas que no lo tienen tan fácil. Durante el curso, además de aprender a leer braille, también tuvimos la oportunidad de aprender a usar esta preciosidad:

He aquí la máquina Perkins para escribir braille. Una reliquia que posibilita la comunicación escrita entre el resto del mundo y los ciegos.

Algunos miembros de la ONCE nos dijeron que su trabajo consistía en pasar libros de texto o novelas a formato braille, actividad que cada vez se va perdiendo más con el auge de los audiolibros y que, en parte, les quita una carga de trabajo brutal, ya que pueden tardar meses en transcribir una sola novela. Por lo general, suelen editar los libros por tomos, porque en una lámina caben, normalmente, 29 líneas de 42 caracteres cada una ―así que hagan cálculos―. Aprendimos a escribir operaciones matemáticas, ecuaciones, raíces cuadradas… menos mal que no había que resolverlas porque si de por sí ya se me dan mal, ¡ni les cuento en braille! 😦

Sin duda, la parte más interesante del curso fue aprender a usar la Perkins. Las láminas se insertan por la parte trasera y hay que ajustarlas con los rodillos ―como si se tratara de una máquina de escribir de toda la vida―. Cada una de las teclas numeradas en la imagen anterior corresponden al sistema genérico:

Para que funcione hay que pulsar las teclas a la vez. Esto es, si queremos escribir la letra «o», habrá que pulsar las teclas «1, 3 y 5» simultáneamente. Lo mejor es que si uno se equivoca, basta con apretar con el dedo el relieve erróneo y ¡listo para sobrescribir! 😉

También nos enseñaron cómo estudiaban, entre otras cosas, geografía. Resulta que tienen una máquina gigantesca que se llama Thermoform y que trabaja a una temperatura exorbitante para dar calor y originar mapas en relieve como éste que vemos aquí:

¡A ver quién es capaz de encontrar San Borondón en el mapa! 😛

Pocos días después de asistir a este increíble curso, me llegó una oportunidad de oro: entrar a formar parte de un proyecto de investigación promovido por la ULPGC y financiado por la Cátedra Telefónica. 😀 El proyecto en cuestión se llama TheOp4All ―Teatro y ópera para todos―, y consiste en estudiar la forma óptima de subtitular y audiodescribir teatro y ópera para personas sordas y ciegas. Para colmo, el proyecto está integrado por un exquisito grupo de profesionales: por un lado, cuenta con investigadoras externas, como Pilar Orero, de la UAB, y Sarah Weaver, de la Universidad de Durham; y por otro, con investigadoras internas a la ULPGC, como Laura Cruz García, Heather Adams y Jennifer Vela.

Tras sopesarlo un poco, acepté con entusiasmo y desde entonces me encargo de administrar las redes sociales en Facebook y Twitter, así como de Escena Accesible, la página web. También trabajo en la elaboración de las encuestas y en el vaciado de los resultados ―algo inherente a mí, ya ven―, además de reclutar usuarios sordos y ciegos que vivan en Gran Canaria para que participen en el proyecto. En noviembre tuvimos la primera experiencia, y tuvo un éxito arrollador, aunque eso ya lo contaré más adelante. Lo mejor del proyecto es, sin duda, su labor social, ya que ver la felicidad reflejada en la cara de los usuarios no tiene precio; además de que puedo aprender mucho acerca de subtitulación y audiodescripción, gracias a colaboradores como Subbabel o Eresvoz:

 Instantánea navideña con el grupo de usuarios sordos tras la primera obra a finales de 2011.

Ahora tan solo queda ver cómo avanza, ya les iré contando las novedades poco a poco. No dejen de seguir a Escena Accesible, ya que el proyecto no solo desempeña una labor vital para la sociedad, sino que supone un campo muy interesante para cualquier traductor e intérprete.

¡Disfruten del Sol! 😀

 

Al poco llegamos a un promontorio tupido de arbustos. Jennifer se abrió paso entre ellos:

-Los que arriban a San Borondón tienen dos opciones: o hacerse con un barco y pasar el resto de sus días en la mar o quedarse en la isla para siempre.

-Entiendo. Tú eres del primer grupo y yo del segundo, ¿no?

-No, de hecho, yo ahora mismo estoy aquí. Verás, hay una tercera opción: puedes quedarte en la isla y darte algún que otro paseo esporádico. ¡Cuidado con la rama!

-Sí, te sigo.

-Pues bien. Esta última opción no se puede elegir, te viene dada. Pero solo a unos pocos.

-Ajá. 

Jennifer se agachó para salvar las últimas ramas y llegamos al borde del promontorio. Desde él se avistaba una pequeña cala, la mar en calma:

-Pero ¿qué diantres…?

-Así que saluda a tu pequeño velero. Perteneces al tercer grupo.

 

Después de cerrar definitivamente aquella caja que había traído la marea, pasaron unas cuantas horas antes de que me animara a indagar por la isla. Divisé un promontorio cercano y decidí escalarlo para tener una perspectiva general del terreno. No fue tarea fácil. Mi dieta los últimos días había dejado bastante que desear, así que no estaba en plena forma pero, aún así, la empinada cuesta rocosa no pudo conmigo. Cuando alcancé la cima, tuve que mantener el equilibrio porque el viento soplaba con mucha fuerza. A lo lejos divisé un poblado. No me lo creía. Era tal mi alegría que los ojos se me llenaron de lágrimas. Me llevé las manos a la cabeza pero, no sé si fue de los saltos de emoción o qué, lo siguiente que recuerdo es que resbalé y caí precipio abajo. Durante el descenso me mentalizaba de que estaba a punto de recibir un porrazo ―y no me refiero a los de fumar―, y fue así como me vino a la mente el día en que me dieron mi primer golpe de cara al mundo profesional.

Jennifer Vela Valido dándome esa bofetada que todo traductor necesita. 

El pasado mes de mayo, la ULPGC ofreció el curso «Traducción y localización de videojuegos: técnicas, herramientas y recursos para traductores», a cargo de Jennifer Vela Valido. A pesar de que a muchos de los asistentes solo le importaban los créditos de libre configuración y de que no estaban muy motivados con la temática ―una pena―, fue un curso muy enriquecedor. Sobre todo para mí, puesto que era el primer contacto que tenía con una de las ramas de la traducción que más me interesa: los videojuegos. Durante el curso ―que duró apenas 16 horas―, aprendimos cómo se mueve el mundillo de la traducción en la industria de los videojuegos ―características de los textos, herramientas de localización, tipos de encargo, problemas comunes de traducción, etcétera―, e hicimos varias prácticas con juegos de guerra y acción, entre otros.

Sin embargo, Jennifer dijo un par de frases durante el curso que me sirvieron para darme cuenta de la cruda realidad. Es lo que nos suelen decir muchos profesores y conferenciantes, pero sus palabras me llegaron justo en el momento adecuado. Nos habló de los blogs sobre traducción audiovisual ―ya yo seguía alguno que otro, pero ella amplió el abanico―, nos habló de la selva que supone dedicarse a la traducción, de que si queríamos vivir de esto debíamos espabilar, y nos presentó cómo funcionaba todo de pe a pa. Fue ahí cuando recibí el guantazo y cuando me entró esa sensación de terror: había gente que me llevaba muchísima ventaja y yo tenía claro que mi hueco también estaba ahí. Yo llevaba un tiempo angustiado porque veía que el final se acercaba y ahora me tocaba a mí decidir, pero fue ella quien activó ese clic interior ―¡gracias!―.

A partir de su bofetada profesional decidí apuntarme en distintas páginas para traductores profesionales ―LinkedIn, ProZ, Xing, Translator’s Café―, me animé a crearme una cuenta en Twitter, a currarme el CV y a dedicarle a este blog muchas horas, como si fuera una asignatura más que tuviera que aprobar. Y, además, con matrícula de honor, costara lo que costara. Ahora mismo disfruto como un enano, porque aparte de que engancha ―y mucho―, es una baza primordial para seguir nutriéndonos los unos de los otros y conseguir un trabajo, así que les animo encarecidamente a sumergirse en la llamada blogosfera. Yo tomé la decisión de crear un blog sobre traducción, pero no sobre un tipo específico, sino sobre mi relación con la traducción en términos generales.

Como guinda al pastel, Jennifer conectó vía Skype con Curri Barceló. Ver allí a una de las autoras de uno de los blog que más había leído me llenó de ilusión, era como ver a un escritor o a un actor famoso. Por su parte, Curri también nos dio varias pistas sobre cómo funcionaba el mercado y algunos le hicimos tímidas preguntas con un hilillo de voz.

Esta es la historia de cómo Jennifer me tendió la mano y, tras sujetarme con fuerza, me lanzó sin piedad al vacío de la vida laboral, aunque ella probablemente no era consciente en ese momento de lo que iba a provocar. Ya hacía tiempo ―en segundo de carrera―, que Ricardo Muñoz Martín me había agarrado firmemente del cuello y me había estampado con fuerza contra la pared ―sin duda, una de las mejores cosas que me ha pasado nunca―, pero ahora que se acercaba la recta final no me esperaba recibir un nuevo mamporro ―prometo que ahora tampoco estoy pensando en fumar―.

Sin más dilación, les dejo con una de las prácticas que llevamos a cabo durante el curso. Se trata de la traducción de un videojuego para niños. La plataforma que lo aloja es un móvil y el objetivo de la empresa es concienciar a los chavales de la importancia de cuidar el medioambiente. Así que, como de costumbre, opté por darle un toque fresco que quedaría la mar de chulo en la pantalla y con colores. ¡A cultivar se ha dicho!:

Texto original-Be green!

Traducido-¡Lechugo!

¡Disfruten del sol! 😀